Hay quien dice que el tiempo de los discos está llegando a su fin, que el público ahora pide escuchar canciones sueltas. Hay quien dice que últimamente el personal no se para a escuchar ni siquiera una canción entera. Como máximo el medio minuto del corte de Tik-Tok o Instagram, mientras se fríe un huevo o hace la colada. Hay quien dice, y no sin razones, que los seres humanos ya no se paran a escuchar nada, que no se paran en general. Que ese es el presente y aún más el futuro. Pero el caso es que sigue existiendo a contracorriente, la necesidad de seguir produciendo discos como una experiencia más amplia, como un viaje de una duración precisa en el que las canciones trazarían una forma de recorrerlo, abierta pero predeterminada, como un juego en el que hay 8, 9, 10, 11… casillas puestas en una disposición, con un sentido, misterioso pero existente y presupuesto, por quienes crearon el disco. Sin menoscabar esas otras maneras de hacer, publicar o escuchar música, como la de los singles, desde aquí queremos reivindicar la resiliencia de esta última, la del álbum multipista, no solo como algo bueno para la música y para el arte, sino también como algo enriquecedor para el ser humano en sí. La escucha como algo revolucionario.
La música es algo que nos acompaña como especie prácticamente desde el principio. Así la manera en que nos acercamos a ella, cómo la tratamos, resulta una suerte de espejo de nuestro estar en el mundo. Cuarenta minutos o una hora de música de un disco compacto puede ser a veces el resultado de años de trabajo, además de un desembolso económico nada desdeñable. Si nunca hacemos el ejercicio de dedicar tres cuartos de hora de un disco, ni siquiera tres minutos de una canción, a poner la experiencia musical en primer plano, sea del género que sea, a detenernos en ella y prestarle atención de verdad, ni con nuestra artista preferida, a poner en valor su proceso de creación, si se va convirtiendo en algo inconcebible esa forma de presentarle respeto, la música poco a poco irá perdiendo el respeto por sí misma.
Si no prestamos atención a aquello que valoramos, a aquello que amamos, terminamos dejándonos de prestar atención, dejándonos de amar a nosotras mismas. Habrá quien defienda que esta deriva no tiene por qué ser mala en sí. No es nuestra postura. Desde aquí nos posicionamos sin equidistancias y defendemos un mundo en el que se siga haciendo y promoviendo la creación musical digna de ser experimentada en primer plano, con la máxima atención, como un fin en sí mismo, y no solo como un medio.
Consideramos que generar y promover espacios y tiempos de escucha atenta de álbumes, individuales y colectivos, puede ser un acto muy interesante en esta dirección, además de un valioso ejercicio para recuperar el control de nuestra atención frente a los sistemas de poder y sus mecanismos para alienarla, para alienarnos y desposeernos, para deshumanizarnos. Por todo ello, desde el espacio La Verbena queremos crear una experiencia única dónde nos adentraremos colectivamente en el mundo de cada artista a través de su música.